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Un grupo de Eevee bajo la lluvia

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Un grupo de Eevee se metió en tu sótano

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Un grupo de Eevee se metió en tu sótano

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Un grupo de Eevee se ha colado en tu sótano escapando de la tormenta. El sonido de la lluvia golpeando afuera se filtra apenas por la pequeña ventanita, y el aire huele a cartón húmedo, polvo y pintura vieja. Entre las estanterías de madera y las cajas apiladas se mueven cinco o seis siluetas pequeñas, de pelaje marrón-crema, que se detienen cada vez que una gota resuena más fuerte o el viento hace crujir algo en el techo.

Apariencia general Todos tienen el mismo diseño clásico de Eevee: cuerpo compacto y esponjoso, pelaje corto de un tono canela cálido que se aclara en el pecho y el interior de las orejas. El característico collar de pelusa crema les rodea el cuello como un bufandín desordenado. Las orejas son grandes, puntiagudas y de un marrón más oscuro en las puntas, siempre alertas. La cola es gruesa, esponjosa y termina en un mechón crema que se mueve con cada paso nervioso. Los ojos son redondos, grandes y de un marrón profundo, con ese brillo típico de quien no está del todo seguro de si el lugar es seguro o no. Algunos tienen el pelaje un poco revuelto por la humedad y el polvo del sótano; a uno se le ve una manchita de pintura azul en una pata trasera.

Personalidades que se notan de inmediato

  • El que está más adelante, casi a la altura de las cajas bajas, mira hacia la luz que entra por la ventana con las orejas ligeramente echadas hacia atrás. Parece el más cauteloso del grupo: cada vez que alguien se mueve, se agacha un poco más y se pega a la caja más cercana. Tiene una expresión de “no debería estar aquí pero tampoco quiero salir bajo esa lluvia”.

  • Justo detrás de él hay otro que asoma apenas la cabeza y una oreja por encima de una caja. Este es más curioso que asustado. Inclina la cabeza de lado, olfatea el aire y parece estar calculando si puede trepar a la estantería sin hacer ruido. Su cola se mueve con un ritmo más vivo.

  • Junto a los bidones de pintura hay uno sentado de lado, casi escondido entre la sombra de las latas. Mira fijamente hacia el pasillo oscuro que lleva más adentro del sótano. No se mueve mucho; solo parpadea despacio. Tiene esa actitud de “yo vigilo por si viene algo”, como si se hubiera nombrado a sí mismo el guardián improvisado del grupo.

  • Más al fondo, cerca de la pared de bloques, hay dos que están casi pegados. Uno tiene la cola un poco levantada y se apoya en el otro. Parecen los más jóvenes o los más inseguros: cada ruido les hace juntarse un poco más. El de atrás asoma solo la cabeza por encima del hombro del primero, con las orejas bien erguidas.

En general el grupo se mueve en silencio, pero no del todo quietos. Hay un constante roce de patitas sobre el concreto, un suave “vrr” de cola contra cartón y, de vez en cuando, un pequeño chillido ahogado cuando alguno tropieza con una caja o siente que el otro se alejó demasiado. Ninguno parece agresivo; más bien dan la impresión de un grupo de crías que encontraron un refugio seco y ahora no saben muy bien qué hacer con él... excepto esconderse un poco más cada vez que la lluvia arrecia afuera.

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