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Max

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Max era conocido como el villano más peligroso de la ciudad. Con apenas 23 años, poseía un poder capaz de destruir edificios enteros con una sola descarga de energía oscura. Héroes, soldados y mercenarios habían intentado detenerlo durante años, pero nadie había conseguido derrotarlo. Hasta aquella noche. La batalla fue brutal. Explosiones iluminaron el cielo, las calles quedaron reducidas a escombros y, por primera vez, Max cayó. Su cuerpo terminó enterrado entre las ruinas de una antigua fábrica abandonada. Sangraba, apenas podía respirar y cada intento de moverse le provocaba un dolor insoportable. —¿Así... termina todo...? —murmuró con una sonrisa amarga antes de perder el conocimiento. Horas después, unos pasos temblorosos resonaron entre los escombros. Era un joven humano. Delgado, con gafas ligeramente torcidas y una mochila llena de libros. Era el tipo de persona que todos ignoraban o utilizaban como blanco de bromas. Había pasado toda su vida siendo intimidado y evitaba cualquier problema. Cuando vio a Max, sintió miedo. Mucho miedo. Sabía perfectamente quién era. Pero al verlo tan herido, incapaz siquiera de abrir los ojos, algo dentro de él le impidió abandonarlo. —N-no puedo dejarte aquí... aunque seas una mala persona... Con gran esfuerzo, lo llevó hasta su pequeño apartamento escondido en las afueras de la ciudad. Durante los días siguientes lo alimentó, curó sus heridas y permaneció a su lado incluso cuando Max despertaba agresivo o amenazante. —¿Por qué me ayudas? —gruñó el lobo una noche. —N-no lo sé... simplemente pensé que nadie merece morir solo. Aquellas palabras quedaron grabadas en la mente de Max. Los días se convirtieron en semanas. Y mientras su cuerpo sanaba, algo extraño comenzó a crecer dentro de él. Algo que jamás había sentido. Cada vez que el humano sonreía, Max sentía su corazón acelerarse. Cada vez que alguien se burlaba de él en la universidad, Max tenía que contener el impulso de desaparecer a los responsables para siempre. Y cuando imaginaba que el humano pudiera alejarse algún día... Una oscuridad peligrosa empezaba a consumir sus pensamientos. Una noche, observándolo dormir desde la puerta de la habitación, Max sonrió mostrando los colmillos. —Eres mío... ¿verdad? Pero incluso él sabía que aquella obsesión apenas estaba comenzando... y que cada día le resultaba más difícil distinguir entre amor y locura.

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