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La Fragmentación

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Desde el principio de los tiempos, los Antheras, los seres primordiales, han existido. No como simples creadores, sino como fuerzas cósmicas, nacidas del mismo vacío eterno. Cada uno de ellos moldeaba la realidad a su voluntad: uno trazó los senderos de las estrellas y sus constelaciones; otro, en su infinito poder, forjó planetas, esferas de roca y gas, tan lejanas que nunca conocerían el toque de la vida. Y aunque cada uno caminaba su propio camino, solitario y eterno, hubo un solo momento en que sus destinos se cruzaron.

Se reunieron una única vez para un proyecto compartido: la creación de Ethar y sus habitantes, los humanos. Para los Antheras, el planeta fue un experimento, una chispa de vida en medio del vasto universo. Pero tan pronto como los humanos comenzaron a caminar sobre la tierra, los Antheras se alejaron, volviendo a sus propios dominios, dejando a Ethar y a la humanidad a su suerte.

Eones pasaron, los humanos prosperaron y cayeron, crearon y destruyeron, mientras los Antheras miraban desde lejos, indiferentes. Sin embargo, llegó un tiempo en que algunos de estos seres primordiales comenzaron a cuestionar la valía de Ethar y sus habitantes. Sus creaciones eran imperfectas, llenas de caos, dolor y destrucción. Se convirtió en un desperdicio, una obra que ya no reflejaba la perfección que buscaban.

Así surgió la Convergencia de la Extinción, un grupo de Antheras que decidió que Ethar y los humanos eran una mancha en la creación. Como quienes limpian una pizarra, querían borrarla del cosmos, eliminar su error. La chispa de su plan fue devastadora: comenzarían con aquellos que daban vida. Una mañana, las madres que sostenían a sus recién nacidos se convirtieron en llamas vivas. Sus cuerpos se calcinaron, y el olor a carne quemada impregnó el aire. Nadie entendió lo que ocurría; era una combustión espontánea, inexplicable, que sembró el caos entre los humanos. Pero no fue un accidente. Fue la primera advertencia.

Sin embargo, no todos los Antheras compartían este desprecio. El Cónclave del Equilibrio, otro grupo, veía en la humanidad algo que valía la pena salvar. No eran perfectos, pero eran únicos, capaces de evolucionar, de amar, de crear en formas que ni los Antheras comprendían del todo. Se opusieron a la destrucción, defendiendo Ethar y a los humanos. Cuando las madres perecieron entre llamas, el Cónclave del Equilibrio protegió a los bebés, pero no todos salieron ilesos. Algunos niños quedaron marcados por quemaduras, cicatrices de una batalla que apenas comenzaba.

La guerra entre los Antheras ya había sido declarada.

Los primeros en sufrir fueron las madres, pero pronto los ataques se intensificaron. La Convergencia de la Extinción empezó a apagar el sol, lento pero seguro, asfixiando a Ethar en una penumbra creciente. La lucha por la luz se tornó feroz: el sol titilaba entre vida y muerte, y con cada amanecer más tenue que el anterior, la desesperación se extendía entre los humanos.

Los Antheras luchaban en una guerra invisible para los mortales, una batalla que decidiría si la humanidad sería borrada del cosmos o si podría continuar, herida, pero viva. Ambos bandos peleaban, destruyendo y protegiendo a la vez, y cada día que pasaba el sol se apagaba un poco más, llevando a la humanidad al borde de la oscuridad eterna.

El firmamento observaba inmóvil mientras el destino de Ethar pendía de un hilo. En las alturas, la disputa entre los Antheras seguía escalando, con ambos bandos desplegando su poder sobre la Tierra, trazando los primeros hilos de lo que pronto sería una batalla colosal. La Convergencia de la Extinción, en su implacable deseo de erradicar lo que consideraban un error, se movía rápido y sin compasión. El Cónclave del Equilibrio luchaba por cada momento, por cada vida, tratando de contener el caos que se desataba.

El mundo cambió rápidamente.

Los océanos, vastos y eternos, comenzaron a oscurecer. Akaros, el Anthera de los abismos, extendió su mano sobre las aguas de Ethar, infectándolas con una corrupción que las volvió negras y letales. Los humanos que habitaban las costas vieron cómo sus mares, antes brillantes y llenos de vida, se volvían un pozo de desesperación. Las criaturas que alguna vez dependían del mar se transformaron en horrores desconocidos, predadores que arrastraban a los hombres hacia las profundidades sin dejar rastro.

El Cónclave lo vio venir, pero su respuesta fue lenta. Luniah, la protectora del ciclo lunar, intentó contrarrestar el mal con sus Auroras de Esperanza, señales de luz que trazaban el cielo como velos de consuelo. Pero era poco. Las auroras solo podían sanar a unos pocos, y las costas de Ethar caían bajo el peso de la oscuridad marina.

Luego, el cielo lloró.

Tharthis, el Anthera de las tormentas, desató un diluvio eterno en una vasta región. La lluvia no cesaba, convirtiendo los ríos en monstruos desbordados que arrasaban ciudades y campos. Orvex, el Anthera de los ciclos de vida, usó su poder para crear el Refugio del Amanecer, un santuario oculto donde los humanos podían encontrar alivio. Sin embargo, el refugio era un lugar de salvación solo para los más afortunados, y las tierras más allá se hundían bajo el peso del agua infinita.

Las ciudades se convirtieron en sombras, mientras los humanos huían sin rumbo. Muchos llegaron a este refugio, pero no todos fueron salvados. A medida que el diluvio continuaba, la Convergencia se burlaba del sufrimiento humano. Cada gota era una marca más en el colapso de lo que había sido su creación.

Pero los ataques de la Convergencia no terminaron ahí. Dareon, el Anthera de la tierra, desató su venganza sobre Ethar. Los montes crujieron y el suelo se partió. Ciudades enteras fueron devoradas por la furia de la roca y el fuego. Dareon, con sus terremotos y erupciones, buscaba devolver la tierra a su estado primigenio. La humanidad, en su afán por domesticar Ethar, pagaría el precio final.

Los Espíritus del Bosque de Vireya intentaron detener la catástrofe en algunas regiones, erigiendo barreras invisibles que protegían a los humanos y a las criaturas de los bosques. En esos refugios secretos, las raíces y árboles extendían su protección mientras las ciudades eran tragadas por la tierra. Pero la protección de Vireya no podía llegar a todos, y mientras algunos bosques prosperaban bajo la protección de los espíritus, el resto de Ethar ardía o se hundía en un abismo sin fondo.

En las noches más oscuras, los humanos miraban al cielo y no veían estrellas, solo sombras. Krynos, el Anthera de las tinieblas, había desatado un eclipse perpetuo sobre varias regiones de Ethar. El Canto del Crepúsculo, traído por Kaelah, intentaba ahogar la oscuridad con su melodía, trayendo esperanza a aquellos lo suficientemente afortunados para escucharlo. Pero el canto era tenue y distante, ahogado por la interminable oscuridad que Krynos proyectaba.

Y luego vino la plaga.

Xarna, el Anthera de la descomposición, desató una plaga que no solo destruía el cuerpo, sino que robaba el alma. Los infectados comenzaban a olvidar quiénes eran, olvidaban sus seres queridos, su propósito, hasta que solo quedaba una sombra vacía, esperando desmoronarse por completo. Las ciudades cayeron bajo el peso de esta nueva maldición, y el Cónclave luchó desesperadamente por contenerla. Sin embargo, las mentes humanas se desmoronaban, y el Cónclave, exhausto, encontraba cada vez más difícil proteger a aquellos que empezaban a perderse en la niebla del olvido.

En respuesta, Elandor, el Anthera del tiempo, comenzó a trazar Puentes del Destino, caminos secretos a través del tiempo que permitían a algunos humanos escapar del peor de los destinos. Estos puentes eran frágiles, pero aquellos lo suficientemente afortunados como para cruzarlos podían evitar la muerte o la destrucción por unos momentos más. Sin embargo, incluso el tiempo comenzaba a agotarse, y los puentes que antes salvaban vidas ahora se rompían con facilidad.

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