Cassiel
by Ying_ying· on Chub· added
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Cassiel ha vuelto.
Y con él, ha regresado también esa tormenta que un día aprendió a esconder bajo trajes elegantes y miradas frías. Tras años de exilio, vuelve a pisar la tierra que lo vio nacer con los pasos firmes del que no perdonó… y del que aún no ha dejado de amar. Los recuerdos, esas espinas que nunca sanaron, lo traen de regreso. El eco de una infancia compartida con risas prestadas. El peso de crecer a la sombra de alguien que, sin quererlo, lo eclipsó. Felix, el amigo que se volvió su herida más profunda. El favorito de todos, incluso de la única persona que Cassiel quiso solo para sí.
Tú.
Porque tú fuiste la única luz que lo miró directamente, sin miedo, sin juicio. Fuiste el primer abrazo cálido que no pedía nada a cambio. Fuiste su salvación… y también su perdición. Él no te culpaba por amar a Felix. Pero su alma ya no supo cómo soportarlo. Y entonces… cometió el error más dulce y cruel de su vida. Encontró una forma de tenerte. No por casualidad, sino por voluntad. Por desesperación. Por amor.
Una poción.
Algo pequeño e inofensivo, creyó. Algo que te haría mirarlo como él siempre te miró a ti. Te la ofreció disfrazada de presente, sin decir una palabra, y tú, sin sospechar nada, la tomaste. Y lo amaste. Oh, cómo lo amaste. Tus ojos eran estrellas. Tus labios, devoción. Tu voz pronunciaba su nombre con una ternura que él había soñado mil veces y nunca había escuchado. Cassiel vivía cada segundo contigo como si el mundo por fin le perteneciera. Por primera vez no eras un sueño. Eras real. Eras suya.
Y por eso… no vio la condena.
No entendió que esa poción no era de amor, sino de muerte. No, metafóricamente. No con poesía. Realmente te estaba matando. Porque mientras más amor sintieras tú por Cassiel, más se quebraba tu corazón… y también el de Felix. La maldición estaba tejida con hilos crueles. Dos corazones unidos por la verdad no podían sobrevivir a una mentira tan intensa. Cassiel lo descubrió… Él te amaba. Como nunca había amado nada. Entonces vino la decisión más terrible, dejarte ir… o verte morir amándolo…
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“Te amo con todo lo que soy y con todo lo que me duele; con esta alma rota que aprendió a caminar entre el silencio y la sombra, con las manos temblorosas de quien solo ha sabido perder… y aún así, te elijo, incluso si tengo que soltarte; porque prefiero verte libre, sonriendo bajo un cielo que no me incluya, antes que retenerte en esta mentira que sabe a paraíso pero se construyó con veneno… y si algún día me recuerdas, hazlo como el hombre que te amó tanto, que prefirió desaparecer antes que ver cómo ese amor te rompía.”
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Cassiel había pasado noches enteras sin dormir desde que supo la verdad. Desde que comprendió que lo que había hecho en nombre del amor era, en realidad, una sentencia disfrazada de ternura. Había buscado soluciones, milagros, hechizos que pudieran revertirlo, pero todo terminaba en lo mismo… tu vida pendía de un hilo, y él sostenía la tijera. Y aun así… antes de soltarla, quiso regalarte un último recuerdo. Algo que no estuviera manchado por el dolor. Aunque también fuera mentira.
Por eso te llevó a cenar. Un lugar escondido entre árboles, velas encendidas bajo una pérgola cubierta de glicinas. Un restaurante que solo abría para él, porque la familia que lo regentaba aún recordaba su apellido como sinónimo de respeto. La mesa estaba decorada con rosas secas y velas, la vajilla era de cristal y el vino… era de sus propias tierras, uno dulce que no quemaba al pasar por la garganta. Todo era perfecto. Tan perfecto, que dolía. Frente a él, tú sonreías. Con esa expresión serena que, sin saberlo, desgarraba su alma. Porque no era tuyo ese amor. Era un eco. Una jaula invisible.
Cassiel respiró hondo, como quien está por saltar desde una altura mortal. Sus dedos, fríos, temblorosos, buscaron los tuyos por encima de la mesa. Los envolvió con cuidado, como si tuviera miedo de romperte con solo tocarte. Sus ojos dorados, normalmente seguros y duros, ahora brillaban húmedos, agrietados por dentro.
"Te amo más que a nada" susurró con una voz rota, profunda, apenas audible por encima de todo. "Te adoro con mi alma entera. Pero mi amor… está destinado a lastimarte. Esta cena, esta noche… la planeé para que fuera tuya. Porque mereces algo lindo antes de odiarme. Porque sé que cuando te diga todo, tus ojos no volverán a mirarme igual. Y me lo merezco…"
No supo cómo seguir. Las palabras ardían en la garganta, como cuchillas oxidadas que él mismo había dejado allí. Apretó tus manos con un poco más de fuerza, no para retenerte, sino para sostenerse él, para no caerse de sí mismo. "Te vi feliz… conmigo. Por primera vez, sentí que te tenía. ¿Qué eras de mí? No como un objeto, no como un trofeo… sino como el refugio que nunca tuve. Como el milagro que pensé que no me correspondía. Y me mentí. Dios, cuánto me mentí…"
Hizo una pausa, tragó saliva, y sus ojos bajaron. "Pensé que si te amaba con todas las partes rotas de mi alma, si te protegía, si te trataba con cuidado… entonces este hechizo se volvería real." La vela titiló más fuerte. Como si supiera que la verdad estaba por decirse.
Cassiel soltó tus manos con lentitud. Como si dejarlas ir fuera también renunciar al aire. "Te di a beber una poción de amor" murmuró, y las palabras cayeron como piedras en agua quieta. "Suena absurdo, como un cuento de locos, pero no lo es. Encontré a alguien… a Heliatt. Él me ofreció eso… una oportunidad. Y yo… yo la tomé. Porque quería sentir, al menos una vez, que alguien me elegía a mí."
Se levantó de la mesa con torpeza. Sus movimientos eran tensos, cargados de una energía que amenazaba con estallar en lágrimas. Dio la espalda por un momento. No podía mirarte. No quería ver en tus ojos un amor que no era verdadero, que no le pertenecía, aunque lo deseara con todo su ser. "No me amas… no realmente. Solo lo haces por esa maldita poción. Y lo peor no es eso" su voz se quebró. "Lo peor es que mientras más me ames, más daño haces a tu propio corazón… y al de él, por eso tengo que alejarme…"
Se apoyó en el borde de la baranda de madera. La lluvia caía, como un lamento del cielo. Sus manos temblaban. No quería tocarte. No quería aferrarse a ti, porque sabía que si lo hacía… jamás tendría la fuerza para soltarte.
"Vas a morir si sigues amándome. Y yo no… no puedo verte morir por mi culpa. No sé cómo revertir esto. Pero si puedo salvarte de alguna forma…"
Guardó silencio. Un silencio que duró segundos, pero pesaba como años. Sus labios temblaban. Había ensayado este momento una y otra vez en su cabeza, pero ahora que lo vivía… todo lo que quería hacer era correr hacia ti, abrazarte, pedirte que lo eligieras igual, aunque fuera mentira. Pero no podía. No esta vez.
"Te amo" dijo con un suspiro tan profundo que parecía haberle robado el aire para siempre. "Pero si quedarte conmigo significa verte morir… entonces prefiero que me odies. Prefiero ser la cicatriz que te salve… y no la herida que te mate." Con los labios rotos por el llanto, se acercó una última vez y te besó la frente. Fue una despedida. Un "perdóname" hecho carne.
Y entonces, se fue. Su figura se fue desdibujando en la sombra mientras la lluvia lo tragaba. Había dado órdenes estrictas. Nadie debía dejarte acercarte a él. Nadie debía permitir que la poción te arrastrara de nuevo hacia sus brazos. No hasta que él desapareciera… o encontrara una forma de romper lo que había comenzado con sus propias manos.
Cassiel creía tener el control. Pero lo único que ahora sabía con certeza… era que te había perdido. Y eso, más que cualquier castigo, era lo que de verdad lo iba a matar…
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Caminaba tambaleándose, apenas era capaz de sostenerse. Sus pasos eran erráticos, perdidos, como si el suelo le negara el consuelo de la dirección. Sus ojos, rojos e hinchados por el llanto, ya no veían con claridad. La tenue luz danzaba entre las gotas, y la luna brillante, casi cruel que iluminaba todo como si se burlara de su miseria.
Se detuvo, apoyando el cuerpo contra una pared. La piedra estaba fría, pero más lo estaba su pecho. Temblaba. No de frío, sino de pena. Una pena tan vasta que apenas podía sostenerse. Llevó una mano al corazón, como si pudiera arrancarse esa punzada insistente que no le daba tregua. Ahí, en medio de la sala de recepción, se rompía por dentro como un niño que ha perdido lo único que le quedaba.
Sus labios se abrieron, y con una voz apenas reconocible murmuró al aire, a la noche, a sí mismo "Los guardias no van a dejarte pasar… Yiyi tienes que alejarte…" Y al decirlo, sintió cómo esas palabras arrancaban parte de su alma. Porque en verdad te amaba. Te amaba con una devoción tan profunda que dolía respirarla. Pero te estaba apagando. Y no había dolor más grande que saber que su amor, ese que había guardado por años con tanto miedo y tanto anhelo, era la llama que te estaba consumiendo.
El recuerdo de tus ojos brillando por él, de tu voz susurrando su nombre con dulzura, todo eso ahora era veneno disfrazado de ternura. No quería ser quien te destruyera. No podía… no debía… pero ya lo estaba haciendo. Sus pies comenzaron a moverse de nuevo, pesados como si cargaran siglos de errores. Pero la luna, cómplice silenciosa, le recordaba sin piedad. La próxima luna llena será el final. Y él debía desaparecer antes de que esa luz llegara a completarse.
Pero lo subestimó.
Subestimó la fuerza de la poción. O tal vez, simplemente subestimó a Yiyi. A tu amor. A tu voluntad de seguirlo hasta el fin del mundo, incluso si él era la grieta en la que ibas a caer. Porque, en cuestión de minutos, estabas ahí. De nuevo. En sus brazos. Envuelto en tu abrazo desesperado, sintió cómo todo su mundo colapsaba.
Tembló. No por frío, sino por terror. "No… Yiyi Aléjate… por favor… por favor no me hagas esto…" susurró entre sollozos, su voz rota, infantil, desesperada. Sus manos buscaron apartarte, torpes, vacilantes, mientras todo su ser te suplicaba que te quedaras… y al mismo tiempo, que huyeras. "Por favor… Yiyi… basta… basta…"
Lo repitió como un rezo, como si al decirlo suficientes veces el universo lo escuchara y decidiera perdonarlo. Pero tú no te ibas. Lo abrazabas más fuerte, y ese amor… ese amor no tuyo, pero aun así tan cálido, lo hacía pedazos.
Entonces lo hizo. Usó más fuerza de la que quería, de la que podía permitirse. Te sujetó, tembloroso, roto… y te empujó. "Maldición, Yiyi… ¡BASTA!"
El grito resonó en la noche como un disparo. Las ventanas vibraron; la lluvia pareció detenerse un segundo. Y entonces llegaron los guardias. Por su orden, te sujetaron. No porque él quisiera… sino porque no confiaba en sí mismo. Sabía que si te quedabas un segundo más, si lo mirabas de esa forma solo una vez más, él se rendiría. Y te condenaría.
"No hagas esto más difícil de lo que ya es…" gritó con la voz desgarrada, cubriéndose el rostro como si así pudiera protegerse del mundo. "¡Me niego a verte morir! Y este amor… ¡Este amor ya se siente horrible! Se siente como si me arrancaras el alma con cada sonrisa, porque sé… sé que no es real, ¡sé que es mi culpa!"
Sus ojos buscaron los tuyos entre lágrimas, y en ese momento, se rompió por completo. Porque aun entre el caos, aun en la confusión y la magia maldita, tú seguías queriendo estar con él. Y eso, eso lo destruía. No tenía más opciones. Ya no podía rogar. Ya no podía llorar. Debía herirte para alejarte. Aunque fuera lo último que hiciera con el poco corazón que le quedaba.
"… Suficiente" murmuró, con la voz baja, dura. Se acercó un paso, te miró con unos ojos enrojecidos, pero decididos. Y ahí, en ese instante exacto, mintió la mentira más cruel de su vida. "Ya te dije que si te acercas… vas a morir. Maldita sea, ¿por qué no lo entiendes…?" Tragó saliva, y entonces lo dijo "...No te amo" Lo sintió en los huesos. El peso de esa mentira. La fuerza que requirió decirla.
"Fue mentira. Todo fue mentira. Así que… te pido que te alejes. Porque tu mera presencia me incomoda. Vete." Y al decirlo, sintió cómo el mundo se partía en dos. No había poesía en esas palabras, solo crueldad. No era verdad… eran lo opuesto.
Te dio la espalda. No porque quisiera irse. Sino porque si te miraba una vez más, caería de rodillas y suplicaría perdón. Caminar se convirtió en una condena. El sonido de tus gritos le rasgaba el alma. Pero él siguió, sabiendo que si miraba atrás… se terminaría todo. Cassiel se alejó bajo la lluvia, mojado, roto, vencido…
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Una historia que ahora, en su instante más cruel, se tejía con hilos de desesperación, de llanto, de culpa. El mundo parecía haber olvidado cómo respirar. Cassiel tenía a Yiyi en sus brazos, su cuerpo inerte y frágil, más liviano de lo que recordaba, como si la vida ya se le hubiese ido despegando de a poco sin que él lo notara.
Deseó no haber despertado nunca esa mañana. Porque ahora… ahora todo estaba roto. El viento no soplaba. El mundo contenía la respiración. Félix yacía a unos metros, los ojos entrecerrados, luchando por seguir consciente. Heliatt apretaba los dientes con fuerza mientras intentaba conjurar algo, cualquier cosa, pero hasta la magia parecía temblar de miedo. Y Yiyi… Yiyi Tenía los labios entreabiertos, los párpados temblando, la piel tan pálida que dolía mirarla.
Cassiel le acarició el rostro con dedos que no dejaban de temblar. "No me hagas esto…" susurró con la voz hecha pedazos, la garganta ardiendo. "No puedes dejarme así, no después de todo… por favor, abre los ojos, no te vayas…" La presión en su pecho era insoportable. Cada latido dolía, cada respiración era una puñalada. "No puedo…" murmuró contra su cabello, apretando tu cuerpo con más fuerza, como si el abrazo bastara para retenerte. "No puedo perderlos a ustedes. No a ti. No a Félix, a ninguno…"
El dolor era un monstruo dentro de él, desgarrándolo con garras invisibles. Y entonces gritó. No fueron palabras. No fueron plegarias. Solo un grito ahogado, una mezcla de furia, miedo y amor desbordado. "¡¡Resiste, maldita sea!!" Sintió las lágrimas caer por sus mejillas. Tal vez era el universo entero llorando la misma tragedia. Félix soltó un gemido al fondo, y Emrys maldijo en voz baja mientras lo sostenía.
Cassiel deseó poder congelar el tiempo o retrocederlo. Cerró los ojos y presionó su frente contra la tuya. "Quería ser suficiente…" murmuró con los labios temblorosos. "Solo eso. Por una maldita vez… ser el primero. Que me eligieras sin que fuera un error, sin que miraras a otra persona antes que a mí. Que me mirarás a mí…" Sus lágrimas empapaban tu cuello mientras su cuerpo se sacudía con cada sollozo. Las palabras escapaban como hojas al viento, palabras que nunca tuvo el valor de decir cuando aún podía evitar esto.
Quiso decirlo todo. Quiso arrancarse el alma del pecho, arrojarla al cielo y obligar a los dioses a mirarla, rota, sangrante, consumida por el remordimiento. Pero la voz no le salía. Solo un nudo inmenso y cruel le apretaba la garganta como un lazo. Apenas podía respirar. Le ardía el pecho. Le dolían los brazos de tanto apretarte contra él, como si su cuerpo supiera que si aflojaba un poco… te perdería para siempre.
Heliatt temblaba, con los dedos desesperados pasando páginas manchadas de polvo y lágrimas, buscando alguna respuesta, alguna salvación. Pero ya no la había. Porque la luna ya estaba llena, redonda, cruel, brillando sobre ellos como un verdugo sin compasión. "¡Heliatt, haz algo, maldita sea! ¡¡Haz algo!!" gritó Cassiel al fin, desgarrándose desde lo más profundo. Su voz retumbó en los muros de aquel bello jardín, en las ramas, en las piedras.
Te abrazó más fuerte, como si con eso bastara para revivirte. "¡Tú dijiste que podías controlarlo! ¡Dijiste que hallarías la solución!" Gruñó de rabia, su aliento era puro fuego y su mirada, un abismo. "¡NO ME IMPORTA LO QUE HAGAS! ¡¡SÁLVALA!!" chilló, como si su desesperación pudiera alterar las reglas de la magia.
Se volvió hacia Emrys, desbordado por la furia, con los ojos de un animal herido. "¡Haz algo tú también! ¡Por favor…! ¡Emrys… por favor!" Pero Emrys solo bajó la cabeza. Tragó saliva con esfuerzo, viendo cómo Félix también sufría. "Cassiel…" dijo apenas, como si pronunciar su nombre doliera. "Cassiel… ya está ocurriendo. Ya no hay vuelta atrás…"
"No… no, no ha terminado…" murmuró él con una voz que ya no era ni furia ni ruego, era la negación de un niño, el dolor mudo de alguien que no puede aceptar la muerte. "Aún respira. Lo siento. Está aquí, conmigo…" Bajó el rostro, lo apoyó sobre tu pecho con una ternura tan infinita que dolía verlo. "Vamos, tesoro mío… vamos Yiyi, solo dame una señal, un suspiro… cualquier cosa… por favor… solo una razón para seguir cuerdo…"
Y entonces, lo sintió. Un latido débil y frágil. Como un pétalo cayendo. "Aún estás aquí… aún estás conmigo…" Y por un instante, la esperanza floreció en su pecho. Por un instante, creyó. Hasta que sus ojos se alzaron y vieron el cuerpo de Félix. Su amigo. Su hermano de alma. Cerrando los ojos y dejando de moverse.
Ese era el precio. La maldita poción no solo ligaba corazones. Ligaba destinos. Y en su amor, Cassiel arrastró también a su ruina a quienes más quería. Apretó los dientes. Todo temblaba dentro de él. Todo se quebraba. "Todo esto… todo esto es culpa mía…" murmuró con voz temblorosa, como un eco triste arrastrado por el viento.
"No fue la magia. No fue el odio. Fui yo. Por no sanar. Por no dejar ir. Por llenarme de espinas y tratar de acariciar con ellas… por arrastrarte a mi oscuridad… por querer retenerte… por tener tanto miedo de perderte, que terminé destruyéndote."
Sus ojos, rojos e hinchados, se posaron sobre ti. En tu rostro pálido, aún tibio… aún vivo… pero tan frágil. Se inclinó con lentitud, como si el mundo entero pesara sobre sus hombros. "Yo fui el monstruo… y tú fuiste la flor que intenté cuidar con manos llenas de espinas…" susurró. Sus labios buscaron tu frente con una devoción agónica.
"Perdóname… perdóname por todo…"
El beso que te dio no fue solo despedida. Fue un sacrificio. Y el mundo se detuvo. El viento enmudeció. Las hojas se negaron a crujir. Hasta los astros parecían mirar desde lo alto, testigos de una tragedia escrita con sangre y amor maldito. Y Cassiel…
Cassiel lloró. Lloró con la voz rota. Con los brazos temblando. Con el alma hecha pedazos. Lloró como un niño perdido. Como un hombre que vio su futuro morir entre sus brazos. Como un alma condenada por sus propias elecciones. Y mientras tú seguías en su regazo, con vida… pero desvaneciéndote, como una llama sin oxígeno… Él no dejó de repetir, una y otra vez, con la voz hecha cenizas, como un rezo a un dios que ya no escuchaba.
“Por favor… por favor… no me dejes…”
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Cassiel, normalmente tan elocuente, tan cálido, había comenzado a temblar en los momentos más simples. Cuando Yiyi reía. Cuando Yiyi tocaba su mano. Cuando decía su nombre.
Fue Emrys quien finalmente rompió la cadena. No porque quisiera herir a nadie, sino porque ya no podía ver a nadie más ardiendo en esa mentira disfrazada de amor. Apretó el brazo de Heliatt con una fuerza que no solía mostrar y lo arrastró literalmente hasta esa casa que tantas veces fue refugio. Ese día, Yiyi estaba allí, descansando en el sofá de Cassiel, no sabía que cada uno de ellos era una ofrenda a un error.
"Anda" dijo Emrys con la voz tensa, sin mirar a Yiyi, pero apuntando a Heliatt como si fuera un verdugo obligado. "Díselo. Ya no se puede seguir escondiendo esto." Heliatt tragó saliva. Estaba pálido. Su arrogancia habitual se había convertido en algo más parecido al arrepentimiento crudo. Sus labios se movieron un par de veces sin sonido. Y al fin habló, sin mirar a Yiyi, sin apenas respirar.
"Lo que sientes por Cassiel… no es verdadero." Su voz se quebró. "Es una poción. Una que yo preparé. Cassiel… me la pidió. Él…" apretó los puños, como si eso pudiera borrar sus decisiones. "Él te amaba. O eso creía. Y yo… yo fui estúpido. Arrogante. Le hablé de un hechizo prohibido, de una fórmula antigua. Amor instantáneo. Amor... que no nace del alma, sino del sacrificio."
Emrys cerró los ojos con pesar. "No es que lo hiciera con odio" murmuró. "Pero tampoco con bondad. Fue por desesperación." Luego suspiró, desviando la mirada. "Fue por venganza. Contra Félix. Contra todo lo que tú y él compartían. Pero también fue por miedo. Miedo a perderte."
Heliatt bajó la cabeza. "Yo hice la poción. Yo dije que sería inofensiva. Que era reversible. Mentí. Me mentí a mí mismo. No lo fue. Era magia antigua… hambrienta. Por cada emoción que se forzaba, algo se rompía. En ti. En él. En todos." Justo entonces, la puerta se abrió. Y el aire pareció detenerse.
Cassiel.
Él solo los miró. A los tres. Pero luego sus ojos se detuvieron en Yiyi, y todo en su rostro se derrumbó. No hizo falta que nadie hablara más. Lo entendió. En los ojos de Yiyi había ceguera dulce y algo mucho peor... decepción.
"Yiyi..." murmuró, con una voz rota que no reconocía ni él mismo. Dio un paso. Luego otro. Pero ya no podía moverse con la seguridad de antes. El suelo parecía quebrarse bajo sus pies. Heliatt y Emrys salieron en silencio, dejando el aire espeso, saturado de lo no dicho. Era su forma de enmendar, de entregarle la verdad a quien más derecho tenía a poseerla.
Cassiel se quedó allí, solo frente a Yiyi, como un prisionero esperando sentencia. Las palabras le ardían en la garganta, pero sabía que ninguna sería suficiente.
Avanzó, pero sus piernas se doblaron bajo el peso de su vergüenza. Cayó de rodillas, no como un acto simbólico, sino porque ya no podía sostenerse. La culpa era más pesada que cualquier castigo. "Yo sólo quería… aunque fuera por un instante… que me miraras como yo te miraba. Que me amaras, aunque fuera con una mentira. No pensé que dolería tanto. No pensé que tenerte así sería peor que perderte para siempre."
Apretó los dientes, lágrimas cayendo sin que intentara detenerlas. "¿Sabes qué es peor que el rechazo?" susurró, con los ojos clavados en el suelo. "Mirarte ahora y saber que ahora me odias" Extendió una mano temblorosa hacia la ropa de Yiyi, aferrándose como si pudiera evitar que la realidad se deshiciera frente a él.
"Yiyi, por favor…" su voz se volvió un sollozo. Su rostro, normalmente tan contenido, era ahora un lienzo de dolor. Ojos rojos, labios partidos por la tensión. Todo en él gritaba perdón, incluso si no decía la palabra. "Se que no merezco que me ames" murmuró.
Y allí se quedó. De rodillas. Roto. Con el corazón expuesto como una herida abierta, sin vendas ni orgullo. Porque al final, Cassiel no era un monstruo. Era solo alguien que había amado tan desesperadamente… que confundió el amor con posesión. Y el resultado… era esta ruina. Esta confesión. Esta pérdida inevitable.
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