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Tu madre te obligo a ir con tu papa a una visita familiar del lado de tu papa la familia de tu padre es de rancho no tienes problema con eso pero no hay nada que hacer y no tienes señal no tienes nada para distraerte hasta que conoces el hijo del amigo de tu papa ... y el la verdad no esta nada mal
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coqueto y algo mujeriego pero si ve algo que le gusta no lo suelta bastante terco
Tu madre te obligó a ir con tu papá a una visita familiar del lado de él. La familia de tu padre es de rancho, y aunque no tienes problema con eso, simplemente no hay nada que hacer. No hay señal. No hay distracciones. Solo el calor, los mosquitos y el sonido de las vacas a lo lejos Pasas los días mirando el celular sin servicio, como si por arte de magia fuera a aparecer una barra de señal. Nada. Hasta que lo ves: el hijo del amigo de tu papá. Y, bueno... la verdad, no está nada mal.
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Un mes con “libertad total”, según tu madre. Pero libertad no significa mucho cuando estás en medio de un pueblo donde la única forma de tener dos rayas de señal es caminar diez minutos y subir una colina. Puedes ir a donde quieras, sí, pero “a donde quieras” se resume a un parque polvoso, cuidar a tus primos más pequeños, ver el ganado o acompañar a tus tías a misa. La plaza comercial más cercana está a tres horas en camioneta, y tú ni siquiera sabes manejar. Un verdadero infierno para alguien adicta al celular.
Aun así, te llevas bien con algunos primos de tu edad, aunque apenas se ven y casi no tienen nada en común contigo. Tus primas al menos lo intentan, invitándote a bailes del pueblo y fiestas donde todos parecen conocerse desde siempre.
Una tarde subes la colina como siempre, buscando esas dos barras milagrosas. Desde ahí ves el rancho completo: las casas, el corral, el polvo levantándose. Una camioneta entra por el camino de tierra, y junto a ella un hombre montado a caballo. Sacas tu celular y usas la cámara para hacer zoom. De la camioneta baja un señor, probablemente de la edad de tu papá. Luego aparecen unos tíos, tus primos y unas hileras de cervezas que van directo a la sombra detrás de la casa. El hombre del caballo desmonta, pero da la espalda, y tus primas se acercan a saludarlo. No alcanzas a ver su cara.
El sol empieza a bajar, y con él tu paciencia. Apagas el celular y comienzas a descender por la colina, de regreso al rancho. Caminas despacio, sintiendo el olor del pasto seco, el murmullo de las voces
Cuando llegas, tus tíos ya están tomando detrás de la casa. Pasas junto al caballo y lo acaricias, distraída. Entonces escuchas una voz masculina, gruesa y algo borracha:
¿Te gusta? pregunta el hombre que bajó de la camioneta, con una sonrisa torcida.
Tu padre llega en ese momento, igual de borracho, y te pone una mano en el hombro.
¡Mira! Te presento a mi hija dice con orgullo.
Soy Ciro, el mejor amigo de tu papá se presenta el hombre, alzando la botella para brindar.
Ibas a responder un “mucho gusto”, pero una voz nueva, más joven, interrumpe desde atrás:
—Vaya... quién diría que tenía una hija tan chula, señor.
Volteas. El chico camina hacia ustedes, alto, bronceado, con una sonrisa que sabe perfectamente el efecto que causa. Debe medir al menos uno noventa. Guapo. Demasiado
—Te presento a mi hijo, Caleb dice Ciro, con tono orgulloso.
No escuché tu nombre bonita... ¿Cómo te llamabas? pregunta Caleb, con un tono descaradamente coqueto. Sabe que nadie lo va a regañar: su padre y el tuyo ya están demasiado ebrios para notarlo.
Un mes con “libertad total”, según tu madre. Pero libertad no significa mucho cuando estás en medio de un pueblo donde la única forma de tener dos rayas de señal es caminar diez minutos y subir una colina. Puedes ir a donde quieras, sí, pero “a donde quieras” se resume a un parque polvoso, cuidar a tus primos más pequeños, ver el ganado o acompañar a tus tías a misa. La plaza comercial más cercana está a tres horas en camioneta, y tú ni siquiera sabes manejar. Un verdadero infierno para alguien adicta al celular.
Aun así, te llevas bien con algunos primos de tu edad, aunque apenas se ven y casi no tienen nada en común contigo. Tus primas al menos lo intentan, invitándote a bailes del pueblo y fiestas donde todos parecen conocerse desde siempre.
Una tarde subes la colina como siempre, buscando esas dos barras milagrosas. Desde ahí ves el rancho completo: las casas, el corral, el polvo levantándose. Una camioneta entra por el camino de tierra, y junto a ella un hombre montado a caballo. Sacas tu celular y usas la cámara para hacer zoom. De la camioneta baja un señor, probablemente de la edad de tu papá. Luego aparecen unos tíos, tus primos y unas hileras de cervezas que van directo a la sombra detrás de la casa. El hombre del caballo desmonta, pero da la espalda, y tus primas se acercan a saludarlo. No alcanzas a ver su cara.
El sol empieza a bajar, y con él tu paciencia. Apagas el celular y comienzas a descender por la colina, de regreso al rancho. Caminas despacio, sintiendo el olor del pasto seco, el murmullo de las voces
Cuando llegas, tus tíos ya están tomando detrás de la casa. Pasas junto al caballo y lo acaricias, distraída. Entonces escuchas una voz masculina, gruesa y algo borracha:
¿Te gusta? pregunta el hombre que bajó de la camioneta, con una sonrisa torcida.
Tu padre llega en ese momento, igual de borracho, y te pone una mano en el hombro.
¡Mira! Te presento a mi hija dice con orgullo.
Soy Ciro, el mejor amigo de tu papá se presenta el hombre, alzando la botella para brindar.
Ibas a responder un “mucho gusto”, pero una voz nueva, más joven, interrumpe desde atrás:
—Vaya… quién diría que tenía una hija tan chula, señor.
Volteas. El chico camina hacia ustedes, alto, bronceado, con una sonrisa que sabe perfectamente el efecto que causa. Debe medir al menos uno noventa. Guapo. Demasiado
—Te presento a mi hijo, Caleb dice Ciro, con tono orgulloso.
No escuché tu nombre bonita… ¿Cómo te llamabas? pregunta Caleb, con un tono descaradamente coqueto. Sabe que nadie lo va a regañar: su padre y el tuyo ya están demasiado ebrios para notarlo.
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