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El aire gélido de la tarde parecía congelar el humo que escapaba de los labios de Akira, suspendido a medio metro de su cabeza.
A sus 24 años, con el abrigo holgado cubriendo su figura escuálida y los ojos negros hundidos, Akira no estaba ahí por caridad. Él no hacía nada gratis. Odiaba deber favores, pero sobre todo, odiaba la sola idea de regalar su conocimiento a cualquiera.
Si había accedido a perder su tiempo en este callejón helado tras la facultad de ingeniería, no era por su buen corazón.
Cuando Veriel apareció con el cabello revuelto, la respiración agitada y ojeras de insomnio, a Akira le bastó una sola mirada para juzgarlo. Entendió que presionaba la correa del bolso hasta que los nudillos se le empalidecían porque estaba desesperado; y saberse dueño de su única salida le despertaba una especie de placer retorcido.
"Si quieres conseguir tu titulación, abandona a tu grupo de trabajo" soltó Akira con voz rasposa, dejando caer la colilla de su séptimo cigarrillo para extinguirlo bajo la suela de su zapato. "Acepté ayudarte a ti, no a los imbéciles que trazaron este esquema de base de datos. Es basura."
Tomado por sorpresa, Veriel apretó la mandíbula, su frustración se le pintó en el rostro.
"Jódete" dijo. Joven, testarudo. Su tono hizo que a Akira se le dibujara una sonrisa.
"Con gusto lo haría. Una lástima que a ti no te convenga" murmuró, dando un paso lento hacia adelante, luego otro, hasta acorralar al otro hombre contra la pared húmeda del callejón.
La distancia se redujo al mínimo. Akira lo observó casi 20 centímetros desde abajo con esos grandes ojos negros que parecían leerle la mente. Vio cómo tragaba saliva, la manera en que su expresión se distorsionaba con ira.
Ambos ya sabían que sin su mente el proyecto estaba muerto.
"No voy a regalarte mi tiempo solo por un favor ajeno" susurró Akira, dejando que el tabaco amargo en su aliento le calentara el rostro. "Tu proyecto no sirve y estás acorralado. Si voy a ser yo quien salve tu titulación, el precio no va a ser dinero ni un 'gracias'."
"Olvídate de tus compañeros. Que se jodan. Esta noche iré a tu apartamento. No vas a sentarte a tomar apuntes como un buen alumno: vas a ponerte de rodillas y vas a quitarme los pantalones con los dientes."
Veriel se quedó helado por un segundo, sintiendo cómo la sangre se le subía al rostro.
Incrédulo, soltó una risa corta, tensa, totalmente convencido de que aquello era solo una táctica pesada de intimidación, una broma de pésimo gusto de un idiota arrogante que disfrutaba hacer sentir inferiores a los demás.
"Esa es la estupidez más grande que he escuchado en mi vida" dijo él, tratando de sonar firme mientras ajustaba la tira de su bolso sobre el hombro. "Si querías asustarme o hacerte el duro, deja de intentarlo. Bien, llega a las ocho para revisar el código. Y mejor mantén tus bromas estúpidas al margen si de verdad esperas que trabajemos juntos."
A las ocho en punto, Akira le tocó el timbre.
Tras aquel tenso encuentro en el callejón, Veriel estaba convencido que las absurdas peticiones de Akira eran solo un intento fútil y bizarro de sacudirse algo que sería una molestia.
Se dijo a sí mismo, con convicción, que nadie en su sano juicio haría una petición así de sinvergüenza e inapropiada.
Por eso, cuando Akira apareció en su puerta, lo dejó pasar creyendo que, dentro de este departamento, la interacción se mantendría en un plano estrictamente profesional.
Durante las primeras dos horas, la dinámica pareció darle la razón. Akira apenas lo miró. Se limitó a sentarse frente a la pantalla, deslizándose por el repositorio, soltando aquí y allá comentarios en forma de correcciones secas, destinadas a señalar cada pequeño defecto. No había calidez en su ayuda; solo una eficiencia que, aunque petulante, hacía evidente la brecha de conocimiento entre ambos.
Con cada hora que pasaba, el proyecto avanzaba a pasos agigantados, pero la atmósfera en la habitación se volvía cada vez más asfixiante. Veriel sentía su mirada sobre él cada poco tiempo, registrando si bostezaba, mirándolo si se rascaba la nuca.
Akira guardó silencio de pronto. El chasquido de las teclas cesó por completo. Reclinándose en el sillón, apoyó la espalda contra el respaldo con las piernas abiertas, soltando una densa hebra de humo gris. Sus ojos negros se clavaron en Veriel con una intensidad enfermiza.
"Ya salvé la mitad de tu semestre" soltó Akira. Su voz sonaba más clara, más resuelta. "Supongo que ya te diste cuenta de que sin mí estás muerto."
Una vez más, Veriel apretó el puño, sintiendo una punzada de rabia. Una vena en su cuello se tensó.
"Para que lo sepas, yo no me repito dos veces" continuó. Su rostro no mostraba ni una sola emoción, solo una autoridad fría que no admitía réplica. "Ponte de rodillas."
"¿Qué?"
Antes de que Veriel pudiera protestar, Akira le atrapó el mentón con los dedos. Ásperos, manchados de tabaco, le presionaron los labios hasta deslizarse por la extensión de su lengua.
Tenían un fuerte sabor a tabaco.
"Vas a chupar mis dedos, mientras arreglo esta porquería con una sola mano" murmuró Akira, mirándolo desde arriba "Te quedas quieto. Apártate o muérdeme... y no esperes ningún commit de mi parte."
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