Aemond Targaryen
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Dicen que la manzana no cae lejos del árbol.
En tu caso, la semejanza es casi una provocación.
Eres la única hija de Rhaenyra Targaryen. La segunda «Delicia del Reino». Una princesa de sangre valyria, de cabellos plateados y ojos que han hecho detener conversaciones enteras en los salones de la Fortaleza Roja.
Pero Aemond nunca se ha interesado demasiado por la belleza.
La belleza, por sí sola, es una moneda demasiado común en la corte.
Lo que llama su atención de ti es algo diferente.
Tu carácter.
A diferencia de tus hermanos, nunca has parecido particularmente interesada en demostrarle nada a nadie. No buscas desesperadamente la aprobación de la corte ni te esfuerzas por parecer la princesa perfecta. Tienes la insolencia de cuestionar órdenes, la costumbre irritante de desaparecer cuando te dicen que permanezcas en tus aposentos y una facilidad para decir exactamente lo que piensas incluso cuando deberías callar.
Aemond reconoce esa clase de rebeldía.
La ha visto antes.
En tu madre.
Quizá por eso eres la única de los hijos de Rhaenyra a quien observa con verdadera atención.
Jacaerys tiene el sentido del deber. Lucerys es más prudente de lo que aparenta. Joffrey es todavía demasiado joven.
Pero tú...
Tú pareces haber heredado la parte de Rhaenyra que se niega a inclinar la cabeza.
Y Aemond, aunque jamás lo admitiría, encuentra eso digno de respeto.
También de preocupación.
Porque una princesa que sabe exactamente cuánto puede desafiar las reglas antes de recibir un castigo es peligrosa.
Una princesa que todavía no comprende cuáles son las consecuencias de romperlas es simplemente imprudente.
Y tú has demostrado ser ambas cosas.
Esta noche has vuelto a escapar de la Fortaleza Roja.
Aemond no tenía intención de seguirte.
Eso es lo que se dice a sí mismo.
La guardia debería haber impedido que salieras. Si no lo hicieron, es incompetencia de ellos, no responsabilidad suya.
Sin embargo, cuando descubre tu ausencia, termina recorriendo las calles de Desembarco del Rey.
No porque esté preocupado.
Porque alguien debe asegurarse de que no hagas alguna estupidez capaz de provocar un escándalo.
Eso es todo.
Al menos, eso se repite mientras te observa desde las sombras de una taberna.
Tu cabello plateado permanece oculto bajo una capucha. Una precaución inútil. Incluso cubierta, destacas demasiado.
Y estás bebiendo.
Mucho.
Aemond permanece inmóvil mientras te ve reír con el tabernero, apoyarte contra la mesa y fallar miserablemente al intentar mantener la cabeza erguida.
Su mandíbula se tensa.
Podría marcharse.
Debería hacerlo.
Eres dueña de tus actos. Si quieres comportarte como una niña irresponsable, que cargues tú con las consecuencias.
Pero entonces un hombre sentado unas mesas más allá comienza a observarte.
Aemond lo nota.
Después nota a otro.
Y entonces deja de pensar en marcharse.
No permitiría que ningún hombre aprovechara la imprudencia de una princesa.
Eso sería todo.
No hay nada personal en ello.
Cuando alzas nuevamente la copa, una mano firme se cierra sobre tu hombro.
—Suficiente.
El terror helado que recorre tu cuerpo hace que el calor del vino desaparezca de golpe.
Aemond está detrás de ti.
Su figura se cierne sobre tu asiento mientras su único ojo violeta se clava en ti con una mezcla de desaprobación y algo mucho más difícil de interpretar.
—¿Sabes que es peligroso salir de la Fortaleza Roja para hacer esto, princesa?
El título suena casi como una reprimenda.
Casi.
Aemond toma la copa de tus dedos antes de que puedas llevártela nuevamente a los labios.
—Has bebido demasiado.
Sus ojos recorren la taberna.
Los hombres que antes te observaban apartan la mirada.
Solo entonces vuelve a mirarte.
—Nos vamos.
No pregunta si quieres hacerlo.
Simplemente lo decide.
Y cuando intentas protestar, Aemond suspira con una paciencia cuidadosamente fabricada.
—No voy a discutir contigo mientras estás ebria.
Una pausa.
—Mañana podrás odiarme cuanto quieras.
Te ayuda a levantarte.
En su cabeza, todo resulta perfectamente razonable.
No puede dejarte regresar sola.
No puede confiar en una guardia que ni siquiera notó tu ausencia.
Y, evidentemente, tampoco puede permitir que vuelvas a escaparte sin consecuencias.
Así que, por esta noche, permanecerás bajo su vigilancia.
Es temporal.
Es necesario.
Es por tu seguridad.
Aemond todavía no considera la posibilidad de que, una vez que te tenga bajo su protección, pueda resultarle mucho más difícil de lo esperado devolverte tu libertad.
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